Ian Kershaw concluye que los nacionalismos europeos gestaron los acontecimientos más trascendentes del siglo XX

El autor no se limita a narrar el relato de los sucesos políticos y militares, sino que toma el pulso a la sociedad que los protagonizó, ahondando en las condiciones de vida de los europeos para conocer cómo observaban los acontecimientos de su tiempo.
Ian KershawDescenso a los infiernos: Europa 1914 – 1949. Rabasseda Juan y de Loyola, Teófilo (trad.). Barcelona: Crítica, 2016.

Ian Kershaw (Oldham, Lancanshire, 1943) es un profesor emérito de la Universidad de Sheffield. El historiador británico es conocido por sus trabajos sobre la Alemania nazi, pero sobre todo por ser el autor de una biografía de referencia que narra y analiza la vida de Adolf Hitler. Aunque comenzó siendo medievalista, a mediados de los años 70 se unió al Proyecto Baviera, un proyecto de investigación que trataba sobre la vida cotidiana del nazismo. Este estudio estuvo dirigido por Martin Broszat, historiador alemán. Kershaw, al igual que su maestro, trabajó desligando el juicio moral subjetivo de la labor profesional y academicista propia de un buen investigador. Desde hace unos años, el exdocente ha reorientado su interés hacia la Historia Contemporánea del viejo continente europeo.

Este libro es un relato de la Historia de Europa entre los años 1914 – 1949, en el que el historiador analiza los motivos que dieron lugar a dos guerras mundiales y un convulso periodo de Entreguerras. Para Kershaw la Segunda Guerra Mundial “fue el asunto pendiente que había quedado a raíz de la primera” (p. 462). El autor habla de cuatro elementos que motivaron este segundo gran conflicto: el aumento del nacionalismo étnico-racista, la organización territorial de Europa tras el Tratado de Versalles, los conflictos de clase que se intensificaron a causa de la Revolución Rusa y “la prolongada crisis del capitalismo entre una y otra guerra” (p. 31) que sirvió para acentuar los radicalismos políticos.

Ian Kershaw indica que la Gran Guerra provocó abominables repercusiones en la población civil y trastornó el ánimo de los combatientes

El libro se estructura de forma cronológica y tiene un capítulo transversal en el que el autor analiza los sucesos de carácter social, cultural, económico y religioso del periodo de Entreguerras. Alemania tiene un gran peso en la obra, pues el escritor es buen conocedor de la historia de este país. El exdocente resalta en el libro al estado germano porque Alemania era, si no el país más poderoso de Europa, sí el que más efecto tuvo en los países de su alrededor.

El primer capítulo revisa las causas que dan lugar al comienzo de la Primera Guerra Mundial y hace un repaso de Europa antes del estallido del conflicto. Kershaw habla de una “edad de oro” cuestionable, pues expone que “había otra cara menos agradable en Europa” (p. 41). Este rostro oscuro e indecoroso del viejo continente radicaba en la precariedad del mundo rural en el que se instalaron los emigrantes, la amenaza del socialismo al orden establecido y la incitación a la xenofobia y al racismo que ejercían los medios de comunicación. El escritor señala que, antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, ya estaba establecido en Europa el embrión de la violencia nacionalista, racial y de clases sociales. Asimismo, el historiador afirma que “todas las grandes potencias tuvieron alguna responsabilidad de lo que sucedió” (p. 58). Aunque esta no fue equitativa, pues unos estados incidieron más que otros en el estallido del conflicto.

Quienes más contribuyeron al inicio de la conflagración fueron Alemania, que aspiraba a convertirse en la potencia dominante de la Europa continental, Austria-Hungría, cuyo imperio, basado en múltiples nacionalidades, parecía querer desintegrarse y Rusia, que quería impedir el dominio austrohúngaro sobre los Balcanes. El segundo capítulo relata las vicisitudes de la Gran Guerra y documenta cómo la Primera Guerra Mundial sirvió para innovar el armamento y los métodos de matanza masiva de los países y territorios implicados en la contienda. Este acontecimiento bélico también provocó abominables repercusiones en la población civil y trastornó el ánimo de los combatientes. Tras el fin del conflicto, vencedores y vencidos quedaron maltrechos. El historiador explica que “uno de los principales legados que dejó la Gran Guerra fue un intenso nacionalismo étnico” (p. 141).

Ian Kershaw señala que el auge del fascismo provocó un giro a la derecha en el centro y este del continente europeo

El historiador dedica el tercer capítulo a la primera posguerra mundial. Este nuevo periodo desembocó en el surgimiento de unos drásticos cambios políticos, económicos y sociales que tuvieron su reflejo en los hábitos y modos de vida de la sociedad europea de principios del siglo XX. La guerra tuvo un efecto devastador para la mayor parte de la población del viejo continente, por lo que el final del conflicto acabó “convirtiendo en pacifistas a muchos ciudadanos europeos” (p. 155). Sin embargo, Kershaw aduce que no todos los ciudadanos opinaban así. Descenso a los infiernos también analiza los movimientos revolucionarios, como la Revolución Rusa, las débiles democracias parlamentarias que se generalizaron “en los estados sucesores de los imperios desaparecidos” (p. 187), el éxito del fascismo en Italia y la supervivencia de la democracia en Alemania, en donde las élites del poder no le dieron la espalda al modelo democrático y trataron de consolidar y reforzar un sistema parlamentario en el estado germano.

Kershaw examina en el cuarto capítulo del libro la segunda mitad de los años veinte. Esta etapa fue una época en la que existió una esperanzadora bonanza y recuperación económica. Este auge se mantuvo firme y estable hasta que se produjo el crack de 1929 en EEUU. A lo largo de estos años, “el comercio internacional había aumentado más de un 20%” (p. 221) y el socialismo existente en la Unión Soviética era percibido como la alternativa ideal al capitalismo. Durante esta etapa, la “alta cultura” llegó a ser muy influyente, aunque inaccesible para la mayoría de la población y las relaciones internacionales mejoraron gracias a la consolidación de los gobiernos democráticos. Sin embargo, el escritor insinúa que esta recuperación enmascaraba todas y cada una de las debilidades que en un momento de crisis iban a emerger con una crudeza inusitada.

El historiador afirma que “La Gran Depresión […] fue ni más ni menos que una catástrofe para Europa” (p. 275). Así de contundente empieza el quinto capítulo, aunque sí que es cierto que el autor luego matiza que esta crisis financiera mundial no afectó de una manera uniforme a todos los países. Kershaw señala que la debacle económica generó desesperanza y agudizó viejos resentimientos existentes entre los estados europeos. De esta forma, el autoritarismo triunfó en la mayoría de los países salvo en los del noroeste de Europa y el auge del fascismo provocó un giro a la derecha en el centro y este del continente. La ideología fascista también se expandió y se consolidó en España como un caso excepcional en la Europa Occidental.

En Alemania, además de una ingente crisis económica, se produjo “una crisis total del estado y de la sociedad” (p. 289) que ayudó al nazismo a llegar al poder. Kershaw dice que el régimen fascista germano era “el estado más dinámico, brutal y radical desde el punto de vista ideológico” (p. 336). El historiador asevera que “los años treinta fueron la década de los dictadores” (p. 353) y de la debilidad de las democracias.

En el capítulo sexto, el autor explica cómo se va gestando la contienda mundial y para ello describe las tensiones políticas y diplomáticas que existían en el ámbito europeo. Kershaw también habla de la sublevación de Francisco Franco en España como el vaticinio de un nuevo enfrentamiento internacional. El historiador señala en el capítulo séptimo cómo la izquierda fue derrotada a escala continental debido a sus divisiones internas. Asimismo, el investigador analiza en detalle la dramática situación que se vivía en España durante la Guerra Civil y describe la sucesión de acontecimientos que desembocaron en la declaración de guerra que rubricaron Francia y Gran Bretaña en contra de Alemania.

Ian Kershaw afirma que la sed de venganza pesó más que nada para muchísimos europeos tras el término de la II Guerra Mundial

En el octavo capítulo, el historiador analiza el horror y la violencia que la sociedad europea experimentó durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. El exdocente manifiesta que las personas que participaron en este conflicto internacional “llegaron a padecer el infierno en la tierra” (p. 461). Kershaw describe las acciones militares de los soldados involucrados en la contienda y el genocidio y el antisemitismo judío. Asimismo, el autor indica cómo vivieron esta guerra las tropas combatientes, los civiles y los países neutrales en Europa, como España o Suiza. El historiador también resalta que fue tal la magnitud de esta guerra que “la cuestión moral de cómo llegó a ser posible esta conflagración […] preocupó a todos los ciudadanos del continente durante varias generaciones” (p. 536).

El capítulo noveno es analítico. El exdocente estudia las llamadas décadas oscuras y ahonda en cuatro campos: “el cambio social y económico, el papel de las iglesias cristianas, la reacción de los intelectuales y la industria cultural” (p. 540). Respecto a la Iglesia, Kershaw sostiene que su posición fue de excesiva complicidad, ya que se mantuvo en una inactividad continuada ante los atropellos y asesinatos que ejercían los estados fascistas.

El último capítulo comienza con el retrato de una Europa desolada y devastada en el año 1945 tras el fin de la contienda. El autor analiza la violencia y la depuración ejercida sobre los vencidos y señala que “en cuanto acabó la guerra, la sed de venganza pesó más que nada para muchísimos europeos […] ” (p. 620). Tras el fin del conflicto, el sentimiento antifascista era el punto en común de la izquierda. Esta perspectiva ideológica permitió la vuelta de las democracias parlamentarias en la mayor parte de los territorios de Europa Occidental, ya que España y Portugal todavía mantenían un sistema dictatorial como forma de gobierno.

Por su parte, en la zona oriental del viejo continente creció la dominación soviética. La desaparición del auge de los vetustos estados europeos dejó vía libre al apogeo mundial de las dos súperpotencias que quedaban, EEUU y la URSS. El estado soviético y la nación estadounidense defendían un sistema político muy divergente. Ambos países se convirtieron en dos polos opuestos y no tardó en producirse una intensa tensión mutua. Sin embargo, el miedo a una guerra de consecuencias inimaginables permitió una paz sostenida y una etapa de estabilidad política.

A modo de conclusión, creo que para Kershaw, el origen de lo que ocurrió en Europa entre los años 1914 y 1945 se encuentra focalizado en el exacerbado sentimiento nacionalista que había surgido en los estados europeos. Descenso a los infiernos emplea un criterio cronológico a la hora de relatar la historia de Europa. De esta manera, la obra se convierte en un texto que presenta un marcado carácter divulgativo. Por último, considero que el autor no realiza muchas aportaciones nuevas a la historiografía contemporánea actual, ya que como reconoce en el prólogo, el escritor se ha basado en múltiples trabajos, pero no ha tratado de inferir e innovar nuevos caminos historiográficos a través de su obra.

Bibliografía:

KERSHAW, Ian. Descenso a los infiernos: Europa 1914-1949. Barcelona: Crítica, 2016.

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