El hambre que sufrían los presos en los campos de concentración nazi

Los prisioneros hacinados en los lager sentían en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Los reclusos vivían en un entorno repleto de hambre y de violencia, por lo que tuvieron que adaptarse rápidamente a un espacio muy hostil para sobrevivir a su exterminio.

Debido al alto grado de hambre y de desnutrición que los prisioneros padecían, era natural que el deseo de alimentarse fuera el instinto más primitivo en torno al cual se centraba la vida mental de todos los cautivos. La mayoría de los prisioneros empezaban a hablar de comida cuando el guardia que les vigilaba no estaba cerca. Departían sobre sus platos favoritos, intercambiaban recetas y planeaban un menú para el día en que se reuniesen, una vez fueran liberados y regresaran a casa. Los presos seguían describiendo con todo detalle sus comidas favoritas hasta que una advertencia se iba transmitiendo, en forma de consigna o contraseña, que indicaba que el guardia se acercaba a vigilar el área en la que se encontraban hablando sobre gastronomía.

Frankl consideraba las charlas sobre comida muy peligrosas, porque veía como una equivocación el hecho de provocar al organismo con aquellas descripciones tan detalladas cuando el cuerpo ya había conseguido adaptarse a las ínfimas raciones y a las escasas calorías ingeridas diariamente. Aunque pudiera parecer un alivio psicosomático, se trataba de una ilusión que psicológicamente no estaba exenta de peligro. Los prisioneros hablaban de comida, no por el hecho del alimento en sí, sino por el placer de saber que la existencia infrahumana en la que vivían en el campo de concentración se acabaría por fin en el momento en el que les liberaran.

El hambre llegaba a la memoria de los presos mediante los recuerdos, es decir, a través de lo irreal y de lo imaginario. Los domingos se reunían los prisioneros para contarse y evocar las comilonas más suculentas que saborearon en el pasado. Nadie podía acordarse de la sopa del día anterior, desaparecida sin dejar huella en alguna parte de su organismo. Sin embargo, era posible escuchar la comida de un banquete de boda de hacía cinco años. Un preso solo podía saciar su hambre a través del recuerdo.

La dieta diaria consistía en una única ración de sopa aguada y un pequeñísimo pedazo de pan. Los presos también recibían 20 gramos de margarina, una rodaja de salchicha de baja calidad, un pequeño trozo de queso, una pizca de miel o una cucharada de jalea aguada. Los reclusos obtenían cada día una cosa distinta de estos productos alimenticios. Estos alimentos suponían una dieta de calorías diarias completamente inapropiada, teniendo en cuenta el pesado trabajo manual que ejercían y la exposición constante a la intemperie que sufrían. Los cautivos portaban una ropa totalmente inadecuada respecto al clima gélido que debían soportar diariamente.

Cuando desaparecían las últimas capas de grasa subcutánea, los prisioneros parecían esqueletos disfrazados con pellejos y comenzaban a observar como sus cuerpos se devoraban a sí mismos. El organismo digería sus propias proteínas y los músculos desaparecían. En este momento, al cuerpo no le quedaba ningún poder de resistencia.

Miles de personas que habitaban en los barracones morían todos los días. Cada prisionero podía calcular quién sería el próximo en fallecer y era capaz de saber cuándo le tocaría la muerte. Todos conocían los síntomas, lo que hacía que la mayor parte de los pronósticos fuesen acertados. Los cuerpos desnudos parecían cadáveres. Los presos conformaban una masa de carne humana encerrada tras la alambrada de espinas y agolpada en barracones de tierra. Una masa que se iba descomponiendo progresivamente y que ya no mostraba ningún atisbo de vida.

El hambre reinaba en el campo de concentración y los prisioneros representaban ese hambre, un hambre viviente.

Los cautivos podían mantener discusiones sobre la sensatez o la imprudencia de los métodos utilizados para conservar la ración diaria de pan que se les entregaba una vez al día. Había dos tendencias de pensamiento: la primera era partidaria de comerse la ración de pan inmediatamente. Esto tenía la doble ventaja de satisfacer el hambre durante un breve período de tiempo e impedía posibles robos y la pérdida de la ración. El segundo grupo sostenía que era mejor dividir la porción e ir racionando el alimento a lo largo del día.

El hambre reinaba en el campo de concentración y los prisioneros representaban ese hambre, un hambre viviente. A la hora de racionar el pan, los nuevos presos eran capaces de guardarse el pan en el bolsillo, pero ninguno de los reclusos más veteranos presentaba unas condiciones físicas tan óptimas como para poder conservar el alimento escondido durante más de una hora entera.

La tensión nerviosa a la hora de guardar el pan y el hecho de resistirse a ingerirlo cuando se tenía hambre era nocivo y debilitante. El pan endurecido perdía su valor alimenticio, por lo que era más nutritivo engullirlo cuanto antes. El hambre y el pan en el bolsillo se neutralizaban mutuamente y no podían coexistir de manera simultánea. Además, el estómago era la caja fuerte más segura contra los robos y las extorsiones.

Bibliografía:

– Primo Levi. (2002) Si esto es un hombre, Barcelona: Muchnik editores S.A.

– Viktor E. Frankl. (1991) El hombre en busca del sentido, Barcelona: Editorial Herder.

– Jorge Semprún. (2001) Viviré con su nombre, morirá con el mío, Barcelona: TusQuest Editores.




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