El sentimiento de apatía que padecía un prisionero en un campo de concentración nazi

En un campo de concentración, no había tiempo para consideraciones morales y éticas. Los prisioneros habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia y estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio con tal de salvarse.

El prisionero recluido en un campo de concentración alcanzaba en un periodo breve de tiempo una fase permanente de apatía y llegaba a sentir una especie de muerte emocional. El preso recién llegado experimentaba las torturas de las emociones más dolorosas, las cuales, intentaba amortiguar. La primera de todas era la añoranza de su casa y de su familia. Este sentimiento era tan agudo que el prisionero se consumía de nostalgia.

Los barracones, cargados de humanidad doliente, estaban llenos de palabras, de recuerdos y de otro dolor, el dolor del hogar. Sabían de dónde venían porque los recuerdos del mundo exterior poblaban sus sueños. Se daban cuenta con estupor de que no habían olvidado nada, y cada recuerdo evocado surgía ante cada preso dolorosamente nítido.

Al principio, el prisionero volvía la cabeza ante las marchas de castigo de otros grupos; no podía soportar ver a sus compañeros yendo arriba y abajo durante horas, hundidos en el fango, acompañando las órdenes de los guardias con golpes. Unos días o unas semanas después, las cosas cambiaban. El prisionero que se encontraba ya en la segunda fase de sus reacciones psicológicas no apartaba la vista ante las vejaciones y las palizas a sus compañeros.

La apatía era un mecanismo de autodefensa. La realidad se desdibujaba y todos sus esfuerzos y emociones se centraban en la conservación de sus vidas y las de sus amigos. Sus sentimientos se habían insensibilizado y contemplaban tales escenas de una manera terroríficamente impasible. Asco, piedad y horror eran emociones que el prisionero no podía sentir. Los reclusos enfermos y agonizantes eran fenómenos tan comunes en el campo, que no conmovían en absoluto.

Frankl estuvo en un barracón cuidando a los enfermos de tifus. Los delirios eran frecuentes, pues casi todos los pacientes estaban agonizando. Tras perecer uno de ellos, el psicólogo contempló sin ningún sobresalto emocional una escena que se repetía con cada nuevo fallecimiento.

Varios prisioneros se acercaban rápidamente al cuerpo sin vida de su compañero. Uno agarraba los restos de la comida del mediodía que había dejado, y otro decidía que los zapatos del cadáver eran mejores que los suyos y se los cambiaba.  

El psicólogo lo veía impertérrito, sin conmoverse lo más mínimo. El cadáver le estaba mirando con unos ojos vidriosos. Solo dos horas antes, Frankl había estado hablando con aquel hombre. Esta situación tan trágica no despertó en el psicólogo más que un escaso sentimiento de condolencia.

El prisionero se acababa convertiendo en un individuo dócil que acataba sin vacilar las órdenes de los guardias del campo de concentración.

Ante el ajusticiamiento público de un preso, Levi también reconoció el sentimiento de apatía que sufrían los prisioneros de un campo de concentración. Uno de los crematorios de Birkenau fue hecho saltar por los aires. Un centenar de hombres inermes y débiles sacaron la fuerza necesaria para madurar los frutos de su odio. El hombre que iba a morir en la horca tomó parte en la revuelta. Murió bajo las miradas impasibles de los presos. Los alemanes no comprendieron que la muerte solitaria que le fue reservada le sirvió de gloria y no de infamia. Ninguno de los internos se levantó en contra de la ejecución.

No sucedió nada. Los prisioneros continuaron en pie, encorvados y con la cabeza inclinada. No la levantaron hasta que los alemanes se lo ordenaron. El escotillón se abrió y el cuerpo se deslizó atrozmente. No quedaban hombres fuertes entre los presos. Podían venir a liberarles y no encontrarían más que a prisioneros domados, dignos de la muerte inerme que les esperaba.

Destruir al hombre era difícil. No fue fácil, no fue breve, pero los nazis lo consiguieron. Eran individuos dóciles que acataban sin vacilar las órdenes de los guardias. De parte de los presos, nada tenían que temer: ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni una mirada juzgadora. Todos estaban destrozados y vencidos.  

Los prisioneros no eran los únicos a los que la insensibilidad les había embriagado. Los guardias también se habían dejado seducir por la apatía. Cuando un suboficial de las SS golpeaba a los prisioneros sin ninguna razón aparente, no era ya el dolor físico lo que más hería, sino la agonía mental causada por la injusticia y lo irracional de todo aquello.

Un golpe que no acertara a dar podía herir más que uno que atinase en el blanco por lo arbitrario de las circunstancias. Un día, un guardia vio a Frankl descansando y decidió que no valía la pena gastar su tiempo en decir ni una palabra, ni en lastimar aquel cuerpo demacrado que tenía delante de él y que apenas le recordaba al de una figura humana.

En vez de ello, cogió una piedra y la lanzó contra él. Aquello le pareció al psicólogo una forma de atraer la atención de una bestia y de inducir a un animal doméstico a que realizara su trabajo. El suboficial consideraba al preso como una criatura con la que ni siquiera había que molestarse en golpearle o gritarle para que le obedeciera.

Bibliografía:

Primo Levi. (2002) Si esto es un hombre, Barcelona: Muchnik editores S.A.

Viktor E. Frankl. (1991) El hombre en busca del sentido, Barcelona: Editorial Herder.

Jorge Semprún. (2001) Viviré con su nombre, morirá con el mío, Barcelona: TusQuest Editores.

  


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